domingo, 30 de septiembre de 2012

«Chocolate», de Enrique Galindo


Enrique Galindo Bonilla es un psicólogo, escritor y pintor manchego con alma de gallego errante. Lo conocí cuando constituimos el grupo Arrendajos y ya por aquel entonces él estaba dividido entre Toledo y Santiago de Compostela (cosas del querer). El casco antiguo de esta última ciudad me lo enseñó con la pasión que él pone en las cosas que le gustan, aunque no dejamos pasar la oportunidad de tomar un espectacular alvariño y degustar un exquisito pulpo a la gallega.
Nos acompañaban Rosaura, su chica, responsable de que él anduviese por esas tierras, y Carmen, una espléndida mujer gallega que poco después me mandaría a la mierda por una cuestión que no viene al caso ahora. Ya por entonces Enrique había obtenido el primer premio de poesía "Rosa Cen Follas", pero todavía no había ganado el Gabriel Miró, que le reportó a su bolsillo 6.000 lindos euros y le confirmó que andaba por el buen camino porque al concurso se presentaron 2.758 relatos procedentes de 52 países. Entre ambos escribió el relato que reproducimos a continuación, con el que obtuvo el primer premio en el Certamen de relatos cortos sobre la locura convocado por la Universidad de Jaén en 2011. Un ejemplo de cómo escribe Quique cuando está en vena. Tómenlo de postre y, si quieren volver a degustarlo, lo encontrarán en la pestaña de "amigos". Buen provecho.


Chocolate
        
Ni lo soñé ni me desperté transformado. Más bien fue algo progresivo, lento y embaucador. Lo que no recuerdo es cuándo comenzó aquel sabor ―exquisito, por cierto―, a hacerse presente, a avanzar como primera línea de ejército napoleónico hasta conquistarlo todo.

El precio que tuve que abonar por la invasión fue lo peor: la pérdida de sabores, de instantes y riquezas paladeando la vida, de anhelos esperados en forma de manjares, desde un plátano hasta un beso, pasando por el instante sublime del vino en los labios y el juego de relames que deja una tarta de fresa y nata.

Chocolate negro, 70%, con toques de coco.

El sueño de niño, cuando me regalaron aquella chocolatina, envuelta en papel rojo y bronce, era una realidad tangible. Entonces llegó un tío, que dijeron que era mío, hermano de mi madre y me la entregó. Yo, tímido al principio, dudé en abrir aquel atrayente envoltorio. Cuando lo hice, tres horas y un agujero de deseo y temor en el estómago después, descubrí la fantasía; y con ella el sabor de lo perfecto. También es verdad que hay agasajos envenenados que transforman el tiempo y el porvenir, y aunque aquel regalo ya había pasado hace tantos años, y mi mente lo había olvidado, mis deseos no lo hicieron. Recibía la gracia de lo concedido con dieciocho años de retraso. Lo sentí como una ofrenda de los dioses, un milagro hecho ambrosía.

Que el sabor a cacao lo inundara todo fue una gran alegría, una triste locura.

Como digo, no comenzó de golpe, por lo que la sorpresa me la podía haber ahorrado, pero sí fue repentina la toma de conciencia de lo inevitable. El fenómeno: una tarde, la cama de mi novia fue el testigo mudo. Sus labios, en los besos que anteceden al momento del acoplamiento, no sabían, no desprendían el sentido de la vida, solo eran una sensación neutra de saliva y humedad; pero al sopesar su pezón izquierdo con mi boca… Dudé y la duda me llevó a meterme en la boca y chupar con glotonería toda su teta, con la mente abierta al viejo sabor recién descubierto. El pecho era un mundo redondo de sabor.

           ―¿Qué… sabe a leche? ―me dijo, sorprendida de mi súbita avidez.
         ―A leche…, no; mejor dicho a chocolate con leche. Espera… ―succioné otra vez comprobando con más detenimiento el nuevo sabor―, ligeramente amargo y con un poquito de coco.

El pecho entero se había transformado en cacao, todo era poco para lamer, además con ese tamaño que supera la boca abierta… Nunca había probado una onza de chocolate igual, con las dimensiones y el deje de un pecho femenino. Continué goloso degustando aquel pezón que extendía todo su universo a la mujer entera de chocolate.

Me separó la boca de un empellón, se tapó con la sábana y me echó de su casa sin contemplaciones, pero con insultos. Me ahorro los calificativos, pero iban de la obscenidad a la demencia, pasando por la acusación psicoanalítica de acomplejado de Edipo. Me vi en calzoncillos en el descansillo de la escalera y pidiendo a gritos, como un picapiedra más llamando a su Wilma particular, rogando por entrar a recuperar mis ropas y pidiendo perdón mientras me pasaba la lengua por los labios para prolongar el gusto.

Mientras abandonaba el lugar, rememoraba aquellos instantes: sus labios sabían a tableta de chocolate, su piel se deshacía en cacao. La bebida de los dioses se había hecho carne. El pecho pasó a ser afrodisíaco, no por sí mismo ―como objeto sexual―, sino por el poder contagioso de su sabor.

El recorrido a mi casa, bueno, de mis padres, que aún no tenía el trabajo ni el dinero para dejarlos y tener cueva independiente, se mecía entre la crisis de pareja recién abierta entre ella y yo (los gruñidos sonaban dentro del casco cerebral), y ese paladar que deja la felicidad en la memoria. Comenzaba a llover. La noche comenzaba a abrirse en un grifo lento. Abrí la boca al cielo para refrescarla y las gotas de colacao entraron tibias. En casa, la sopa de la cena era una sorpresa de consomé chocolateado. El pescado parecía rebozado de polvo de cacao al setenta por ciento. Era un sueño cumplido desde niño. La vida era pura delicia, un globo deseado de ser comido con avidez.

Los días siguientes se mezclaron de dicha y sentimientos encontrados. Aunque la ruptura era una realidad confirmada, todo sabía a bombón. No había gusto que escapara a la dulce sensación del chocolate. Si me hubieran dicho, en aquellos cinco años, firma, lo hubiera hecho sin dudar. El mundo empezó a ser de un dulce ligeramente amargo. Carnes, verduras, zumos, incluso el agua, tenía esa degustación tan encantadora. Mi novia me había dejado pero no importaba. Si otros apagaban sus penas en alcohol, hachís o riesgo, yo no. Me bastaba con chuparme un dedo para ser otra vez feliz. Si alguna aventurilla se cruzaba, que no fueron muchas, todo sea dicho, disfrutaba más que del sexo, de sentir unas tetas de chocolate que no se deshacían en la boca. Tal vez por eso, mis candidatas a pareja no pasaban de ser eso: candidatas efímeras, amantes transitorias, chocolatinas de paso.

Pero lo obvio había de ocurrir. Me sentí solo, echaba en falta a mi chica, no su sabor a nocilla con coco, sino su charla, su risa, su olor a hembra. También mis amigos se fueron desvaneciendo progresivamente como los sueños cuando pones el pie en la alfombra, apenas llamaban para ir a un concierto, al cine o de birras. Tal vez se cansaron de mi monólogo perenne sobre la bebida de los dioses; no pensé que les aburriría mi dicha compartida ¿Sabíais que Hernán Cortes daba a sus hombres un vaso de chocolate porque con ello eran capaces de resistir marchas de una jornada completa en la selva sin más alimento? Es bueno para el colesterol. Antes de llegar los españoles a hacer de las nuestras, en México había dos dioses relacionados al cacao, uno azteca: Quetzalcóatl; y otro de origen maya: Ek-Chuah. En algunas culturas se le considera afrodisíaco…

Quería ir al cine y comer palomitas con sabor a maíz reventado y caliente, pero no, eran de chocolate, yo las quería de grano de mazorca. Quería tomarme un cubata y que el güisqui con cola me refrescase la garganta, en lugar del sabor dulzón a crema de cacao con alcohol. Querría disfrutar de la barbacoa del domingo en el campo, de la carne a punto de quemarse oliendo a leña. Que mis amigos volvieran. Que mi piel supiera a sudor y poderme lamer una mano, como hacía mi perro; él también se aparta, no me lame ni hace cariñitos, ni que tuviera el sabor ese impregnado en la cara y lo oliera antes de esconder el rabo y gruñir con destino a su caseta y su hueso.

La vida iba perdiendo gusto progresivamente, no disfrutaba ya tanto del único sabor posible, empezaba a olvidar cómo era aquel Reserva manchego. Sufría por paladear un entrecot bien pasado, degustar la textura del pulpo con su aceite y su pimentón en una mesa de feria, hincharme a paella de mariscos, saborear una fuente de mejillones. Incluso la pizza cuatro quesos, ¡ah, la pizza…!

Sería la soledad, la preocupación de mis padres, el aburrimiento o qué se yo, pero hice un intento de ir a médicos, pero temía que se rieran de mí. Además, a cuál solicitar cita previa: la de cabecera, el estomatólogo, un psiquiatra. O tal vez fuera competencia de un curandero o un sacerdote especializado en exorcismos. No, si me veo en una unidad de salud mental de esas, compartiendo sopa boba (encima de chocolate) con los psicópatas y dementes de turno. Mi madre no hace nada más que preguntarme por mi salud, a veces llora; teme que enferme de pálido que me voy volviendo. Ya sé que tengo que hacer un esfuerzo y comer algo, que en el espejo se me van dibujando los huesos, pero no puedo. Odio el sabor, no aguanto que una naranja sepa a eso, que la cerveza no sea la misma, que ni un bizcocho se libre del encantamiento. Todo lo llena, todo es uno. Hasta la palabra misma es una maldición. Hernán Cortés debería estar borrado de los libros de historia junto con Cristóbal Colón y todos los que se acercaron a aquel continente insípido.

Tengo hambre. Mucha hambre. Cada día más. No quiero comer, me niego a ingerir nada que me pueda recordar a lo de siempre. Me han traído en una ambulancia. Entraron por la noche, a traición y con alevosía. Llevaban batas blancas. Me dieron unas gotas de un líquido con sabor a cacao para tranquilizarme. Creo que ahora estoy en una unidad para anoréxicos. A veces el psicólogo quiere hablar conmigo, pero no, no deseo hablar de comida. En el grupo no aguanto cuando alguna dice «Yo no estoy enferma, en mi casa hago unos excelentes pasteles de chocolate». Entonces, si no fuera por mis pocas fuerzas, me levantaría y le haría tragar todos los bombones que ponen sobre la mesa, con su envoltorio tramposo de oro y plata.

Mi madre viene a verme cada día, de cinco a siete, y suspira.       

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